Genocidio de Ruanda 1994 a la luz del Derecho Internacional

Escrito por: David Sánchez Luna


David Sánchez Luna

Estudiante de la Licenciatura en Derecho y Relaciones Internacionales en el Tecnológico de Monterrey

David Sánchez Luna

“La repetición constante de un mismo mensaje, lleva inevitablemente a la acción”

(Alejandro Bullón, pastor adventista)

Cuando vemos el noticiero por las mañanas, checamos las actualizaciones en redes sociales, o vemos datos estadísticos crudos que reflejan las realidades que socavan a las sociedades alrededor del mundo; la prensa, los gobiernos y la sociedad en común, se han encargado de convertir personas en números, sufrimiento en porcentajes y mortalidad en un tabloide más de primera plana de los periódicos internacionales más reconocidos, parece ser que como sociedad hemos llegado a internalizar y normalizar las barbaries que nosotros mismos perpetuamos como raza humana.

El sentido de esta redacción tiene como propósito develar la lamentable manera en la que el escenario mundial y los individuos de la sociedad civil, percibimos los sucesos que ocurren del otro lado del mapa, donde toda la atención está enfocada la mayor parte del tiempo. Se ha visto en múltiples ocasiones, que hace falta una desgracia para voltear a ver a los países que los reflectores mediáticos nunca alumbran.

Han pasado ya 28 años desde aquel lluvioso abril ruandés, donde las verdes montañas del país ecuatorial se cubrieron de sangre. El mundo recuerda tristemente cada 6 de abril el traumático episodio que sacudió no solo a un país, sino al planeta en general, y que paso a los libros como el genocidio más atroz de la historia reciente de África; 11% de la población de Ruanda fue asesinada en poco más de 3 meses, un conflicto étnico entre tutsis y hutus que desemboco una masacre de escalas astronómicas que tiene sus raíces en el pasado colonial del siglo XIX del país de la región de los lagos de África central. 

Trasfondo Histórico 

Al término de la primera guerra mundial, la Sociedad de Naciones otorgó control temporal, por medio de un fideicomiso, al gobierno belga sobre las antiguas colonias alemanas (Ruanda y Burundi)

Después de que la Triple Alianza fuera derrotada por las fuerzas aliadas, se firmó el tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919, donde los vencedores decidieron imponer severas sanciones a los teutones, dividiéndose así el continente africano y otorgando, Ruanda y Burundi a Bélgica en 1923 para que operara sobre este territorio hasta su eventual emancipación; posteriormente cuando los colonizadores belgas llegaron a Ruanda, optaron por segmentar a la población en dos grandes grupos, con el afán de transmutar una diferencia racial en una diferencia social basándose en el hecho de que los tutsis como minoría constituían una raza superior, más civilizada y con cualidades más cercanas a la cultura europea, dichas distinciones raciales hechas por miembros del clérigo belga que llegaron a “evangelizar” a la población tutsi y hutu, logró que el odio y el rencor de ambos  grupos creciera exponencialmente por décadas como consecuencia de las preferencias y oportunidades que ostentaban los tutsis frente a sus homónimos. Estas discrepancias causaron que  la historia ancestral de estos dos pueblos se tornara en el arma principal para  generar riña y resentimiento. Cabe recalcar que ambos clanes del centro de África, a diferencia de otros países de la región, ya coexistían previamente en el mismo territorio por siglos, las características que distinguían a ambas tribus yacían en su linaje y su actividad económica, ya que, por un lado, los tutsis eran diestros en la actividad ganadera y, por otro lado, los hutus, eran habilidosos para la agricultura y todo lo concerniente al campo. Mencionadas ocupaciones y labores rudimentarias, tendían a modificarse en caso de que se celebraran matrimonios interétnicos, ambos pueblos compartían una sola religión, contaban con el mismo acervo cultural, ellos no tenían un conflicto étnico entres si, más bien tenían disonancias sociopolíticas y nada más.

Todo esto pasó a segundo plano con la llegada de los nuevos subyugadores, debido a que por medio de la manipulación  de la historia de estos dos pueblos, se hizo una adecuación europea a las facciones y características físicas de los pobladores nativos, que a pesar de tener diferencias políticas e históricas es muy poco probable que ellos se hubiesen percatado de acentuadas características.

Los belgas lograron instaurar un orden racial afirmando que únicamente los tutsis eran aptos para gobernar la región, esta segmentación racial era un claro reflejo de las teorías racista que monopolizaba Europa a principios del siglo XX; la percepción europea, tamizada por los excluyentes patrones de la estética occidental, es muy probable que haya influido en la articulación de políticas discriminatorias basadas en supuestas teorías de afinidad caucásica.

Los excesos continuaron y no basto con poner a un pueblo en contra del otro, más bien los colonos belgas impusieron en 1932 parámetros raciales  para determinar la ascendencia de la población; a fin de separar y priorizar, introdujeron un nuevo sistema de cartillas de identificación (véase un  ejemplo en la ilustración 1.1), de acuerdo con el censo realizado ese mismo año se estimó que aproximadamente el 85% de la población era hutu y 15% tutsi; directrices como las anteriores permitieron que años más tarde el mundo observara lo que una gota diaria de aversión puede generar en el actuar de las mayorías por trastorno ideológico.

Con el paso de los años y con la ideología de segmentación racial instaurada en la mente de la población ugandés, llega el año 1962, donde el ahora soberano territorio belga consigue su independencia, y sorpresivamente en medio de un periodo de igualdad de derechos, la etnia hutu se hace con el poder político del país, mediante una insurrección Juvenal Habyarimana  en 1973 llega a la silla presidencial. 

Las tensiones interétnicas eran constantes y sonantes, la proliferación de la aberración racial era creciente; con el objetivo de alivianar el aura de odio entre ambos grupos, el estado y la guerrilla del Frente Patriótico Ruandés (FDR), formada por insurgentes tutsis, firmaron un acuerdo de paz mismo que fue retrasado por su antítesis, La Coalición para la Defensa de la República (CDR), citada organización, se encontraba en desacuerdo con los términos del convenio de paz.

El asesinato del presidente Habyarimana y su homólogo burundés, Cyprien Ntaryamira, fue una clara muestra de que el conflicto étnico-racial había escalado a un punto de no retorno, este reprochable suceso le fue atribuido a la etnia tutsi;  los hutus incentivados por el suceso a través del sistema radiofónico nacional (Radio Mil Collines) se le motivó a la población (hutu) a cometer actos horrendos en contra de la comunidad tutsi; dicho evento fue la gota que derramo el vaso y que detono la matanza más grande de la historia, después del holocausto nazi.

Otra fecha emblemática ocurrió el 9 de abril de 1994, donde más de 100 refugiados tutsis en una iglesia católica fueron masacrados; lo más alarmante es que en aquella mañana dentro del precinto se encontraban miembros polacos desarmados de la ONU: el Mayor Jerzy Mączka y el Mayor Ryszard Chudy, quienes supervisaban la implementación de los acuerdos de Arusha firmados el 4 de agosto de 1993 en nombre de la UNAMIR, (Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda); los soldados en turno informaron de los asesinatos en curso al oficial de servicio de UNAMIR, el capitán Godson Zowonogo en busca de su intervención para prevenir la masacre, no obstante, la respuesta de este no fue para nada favorable, Zowonogo argumentó que había sido informado sobre muchos eventos similares en la capital y que la intervención directa de los soldados de dicho organismo en todos estos lugares era imposible. 

Eventos similares continuaron durante las semanas subsecuentes, como la masacre de Kibuye que arrasó con otras 12,000 vidas el 18 de abril del año en curso, mientras estas se refugiaban en el estadio de Gatwaro.

A pesar de dichos actos, el 21 de abril el Consejo de seguridad de las Naciones Unidas aprobó, por unanimidad, la reducción inmediata de los efectivos en su misión de paz desplegados en Ruanda, pasando estos de ser 250 000 a tan solo 250, yendo en contra de lógica por la cual el comité fue establecido, tal cual lo confiere la carta de las Naciones Unidas:

“… La responsabilidad principal del mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. Incumbe al Consejo de Seguridad determinar cuándo y dónde se debe desplegar una operación de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas…”

La aniquilación de individuos pertenecientes a la comunidad tutsi, prevaleció por los siguientes 2 meses, muchos de ellos huyeron a países vecinos en busca de asilo por la crisis y el derramamiento de sangre sin precedentes en suelo ruandés, tristemente para ese momento más del 80% de los crímenes ya habían sido perpetrados.

La acción tardía por parte de la ONU el 23 de junio termino por conferir la responsabilidad, por medio de la”Operación turquesa”, a Francia con la finalidad de restablecer el orden público y mantener una zona de protección humanitaria; ahora bien, parece ser que el gobierno galo jugó como comodín en el genocidio, ya que, de acuerdo con la opinión internacional, lejos de apaciguar los ánimos e injurias racistas por parte de la población hutu, el gobierno francés armó a las fuerzas ruandesas, que pasaron de 3 500 a 55 000 hombres que contaban con formación técnica y equipo bélico. Después de que Ruanda quedara sumergida en dolor y ríos de sangre inocente, él (FPC) logro vencer a los extremistas hutus que actuaban abajo instrucciones del estado, poniendo así fin al genocidio 

Existe evidencia fáctica publicada por la revista “The New Yorker” que comprueba que el encargado de las operaciones de paz de la ONU en aquel entonces , Koffi Annan tenía conocimiento de la situación grave que se vivía en Ruanda causado por el odio de miembros de la etnia tutsi hacia sus análogos, los hutus; un fax  proveniente de comandante Romeo Dallaire con información decisiva, en el cual se detallaba la posible matanza de más de medio millón de civiles, llegó a la oficina de la sede de las Naciones Unidas un 11 de enero de 1994; comenta el ex comandante que según lo establecido en el fax se detallaba el siguiente plan:

«Mi plan -prosigue- era empezar en 36 horas a hacer redadas en los depósitos de armas (…) para desestabilizar la planificación de los extremistas, desenmascararles y forzar otra ronda de negociaciones, porque era evidente que intentaban minar el proceso de paz».

No obstante, de acuerdo Romeo Dallaire, Annan se mostró reticente a citada estrategia debido a que tenía que comentar el plan con Butros Gali (secretario general), mismo que descartó por completo la intervención de los cascos azules en el conflicto que se avecinaba. 

Es lamentable saber que un altercado de esta magnitud se pudo haber evitado con tan solo dar la orden; lo peor en este caso es que, por más irónico que parezca, uno de los países que más aporta militares a la OMP (Operaciones de Mantenimiento de la Paz) es Ruanda, con más de 6 500 efectivos, aun y con esto, se negó por completo el apoyo a un sector que lo necesitaba con creces. 

Las limitaciones por parte de los cascos azules no debieron haber significado ningún tipo de impedimento para que estos pudieran velar por la seguridad de la ciudadanía, ya que en concordancia con las normas generales establecidas para la intervención bélica por parte de los efectivos estos solo pueden intervenir bajo dos preceptos: cuando se atenten contra la vida de “civiles” y cuando su propia integridad física se vea violentada, es por ello que no hay justificación alguna por la cual las órdenes que emanaron de los cuarteles generales de la ONU en 1994 hayan sido congruentes con las mismas directrices que ellos crearon.

El dolor, el odio, y la sangre derramada no se pueden restaurar, pero lo que se puede hacer es un análisis de la poca, si no es que nula acción, por parte de organismos internacionales encargados de velar por la seguridad  de los más desprotegidos. Al parecer, la humanidad no aprendió de los errores del pasado que marcaron la historia contemporánea, donde los regímenes totalitarios que dejaron huellas forjadas en fuego en la memoria de millones, tales como: el nazismo, y fascismo, que cambiaron al mundo por completo. A pesar de ello, el derecho internacional no ha servido más que para emitir recomendaciones y condenar actos infrahumanos, como si ambos instrumentos sirvieran para detener las balas, prevenir abusos o frenar el odio desquiciado de ciertos sectores poblacionales. Existen antecedentes históricos en el marco legal, que reprueban hechos como estos: 

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 de las Naciones Unidas, que más tarde sería incorporada al Código Penal español en 1971, órganos jurisdiccionales como la Corte Penal Internacional y el tribunal penal internacional han sido certeros en la incorporación y tipificación del Genocidio como delito.

La Corte Penal Internacional, en concordancia con el Estatuto de Roma, tipifica, investiga y sentencia a los autores de cuatro delitos diferentes de fuero Internacional que atentan contra la humanidad, estos son: crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra, genocidio y el crimen de agresión; 

Alrededor del mundo ya se ha creado jurisprudencia al respecto a través del enjuiciamiento de diversos autores materiales e intelectuales de las categorías que hemos citado previamente, el arquetipo más referenciado, son los juicios de Núremberg donde se juzgaron los crímenes contra la paz, de guerra y en contra de humanidad a doce prominentes nazis de diversa jerarquía gubernamental y social, desde políticos, militares y hasta empresarios que utilizaban a prisioneros judíos para ejercer trabajos forzados; las sentencias fueron variadas y partieron desde la pena de muerte hasta la nula acción judicial en caso de que el imputado no hubiese tenido un protagonismo crucial en la inflexión de daño hacia la comunidad judía. Así como este tipo de juicios se han conducido muchos más por causas afines. 

En el caso particular de Ruanda solo se sentenciaron a dos individuos claves en la perpetración de la barbarie del 94, de acuerdo con datos de Amnistía Internacional.

  • Jean-Paul Akayesu, alcalde de la ciudad de Taba. Primera persona condenada por genocidio por un tribunal internacional en 1998.
  • Theoneste Bagosora, comandante de la milicia Interahamwe. Responsable de gran parte de la masacre. Fue condenado a cadena perpetua en 2008 por genocidio.

Dos vidas por el precio de más de 800 000, no suena para nada como un intercambio justo… Y es que de esta pequeña palabra, pero con un peso imponderable, surgen todas las preguntas que siguen quedando sin respuesta, bajo la sombra de la perversión humana, la mínima reprimenda e intervención por parte de otras naciones e instituciones internacionales, la plétora de derechos vulnerados por crímenes de la talla como el expuesto es inmensa, entre los cuales podemos resaltar: el derecho a la vida, la integridad personal, la igualdad, la no discriminación, el libre desarrollo de la personalidad, los derechos de los niños y niñas, derechos de las minorías étnicas, religiosas y raciales, entre muchos otros más, la cantidad es tan grande que se torna imposible enlistar todos.

Tópicos como estos no se concluyen, se cuestionan, quedan muchos signos de interrogación abiertos, pero dejamos tres interrogantes primordiales:

  •  ¿Es la falta de coercitividad por parte de los organismos internacionales, un punto de inflexión para la conciliación del orden y la paz en lugares donde este se ha perdido o se está perdiendo a pasos agigantados?
  • ¿Cuántas atrocidades tienen que ocurrir para que las fuerzas de mantenimiento de la paz (popularmente conocidas como cascos azules) de la ONU, se necesitan para que las directrices en materia de acción bélica en caso de emergencia cambien, y que estas no esperen recibir fuego enemigo a primera mano, para procurar por el bienestar de una comunidad? 
  • ¿Qué rumbo tiene que tomar el derecho internacional para prevenir barbaries y no actuar cuando ya sea demasiado tarde sobre los restos de algo que se pudo haber anticipado?

Queda al criterio del lector dar respuesta a las incógnitas anteriores de la manera más congruente posible, de acuerdo con sus propios puntos de vista y saber del derecho internacional, volteando a ver los escenarios actuales donde las vidas de mucho se ven vulneradas y la intervención de organismos globales es muy escasa si no es que inexistente.

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